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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Últimamente

22/10/2009

Últimamente lloro a campo abierto y no me escondo demasiado cuando otros ojos descubren mis lagrimales abiertos de par en par, el iris verde oliva, los párpados enrojecidos. Últimamente tengo los nudillos atravesados por escritura cruzada, de esa que nunca hace rehenes, que retener es el más obsceno de los verbos. Últimamente no creo en nada, aunque creo más en mí, así que quizás no sea todo malo.

Me pregunto si la fe es un sistema de vasos comunicantes y cuanto menos crees en los demás, más crees en ti mismo. Según van cayendo las máscaras que descubres con los años, vas añadiendo muescas en las rótulas, y las miras con más cariño por soportar el peso, por mantenerte en pie, aunque a veces duelan. Aunque a veces llores a campo abierto y las uñas rojo sangre no se te despeguen de la mirada. Sin embargo te vas cogiendo cariño, será el roce, y vas apreciando poco a poco tus pasos equivocados porque sabes que los mueve la convicción, aunque siempre acaben en la misma fosa sepultados por un poder que nunca controlas.

Últimamente desconfío a la tercera, al aparecer en lugares donde ya he dejado rastros de piel. Sigo sin hacerlo a la primera, ni siquiera a la segunda, y eso me gusta. De los éxitos no se aprende ni la mitad que con los fracasos. Últimamente estudio las palabras, intento desnudarlas y me sorprendo siempre.

Últimamente tengo la sensación de empezar de nuevo.

Caleidoscopios

02/10/2009

Es extraño como la gente va situándose en tu vida de maneras sinuosas y con cada giro que das (o que dan) se acercan, se alejan, desaparecen o cambian de color. Como un caleidoscopio que te recuerda a veces quien fuiste, a veces quien quisiste ser y otras quien no deberías haber sido nunca.

Siempre me han encantado los caleidoscopios, de pequeña me pasaba horas con la retina atada a las diversas formas, buscando combinaciones imposibles, colores nunca vistos. La curiosidad siempre me condujo a dar un paso más, un nuevo giro de muñeca, una mirada de reojo. Ahora, cuando he crecido más de la cuenta, aún me encantan. Y cuando los miro siempre pienso en los trozos de mi vida que no entiendo, los que se desmadejan en las yemas de mis dedos y que por alguna razón aparecen ahí, en el margen, sin conexión alguna, pero que tras doblar la siguiente esquina adquieren todo su significado. Y me sigue disparando la curiosidad más de lo que a veces debería.

También pienso, cuando veo esas geometrías llenas de luz, en las personas que van cambiando sus posturas, uniéndose, dividiéndose. Tocándome de cerca, alejándose hasta casi caerse en el abismo. Pero nunca se despeñan. A veces se han mantenido tanto tiempo en la orilla de la circunferencia que se pierde la esperanza de que, algún día vuelvan al centro. Sin embargo da igual. La figura que ahora eres nunca tendría sustento sin esas formas que sujetan el abismo.

Todavía

16/09/2009

Había sido algo rápido, sin dolor, como cuando te arrancas una tirita del ventrículo derecho y esperas. Dos segundos después ya no hay rastro. Tú sabías que había estado ahí pero no hay nada que apuntale tus recuerdos. Te vistes despacio y yo cierro los ojos. La realidad nunca se produce cuando la vivimos, siempre tarda un poco, la verdad de lo que nos pasa sólo aparece cuando la pensamos y deletreamos los actos.

Sé que debería decir algo, sé que querría escuchar una palabra mágica. Ensayo sílabas sin sentido esperando ver cuál es la fórmula que provoca latidos artificiales. Algo que me recuerde que la sangre sigue corriendo. Y quiero decirte que te quedes pero no quiero que te quedes. Me miras y puede que llegues a interpretar alguna de mis sílabas, siempre se te dieron bien los idiomas pero me interrogas con la pupila. Y cuando creo que va a comenzar la maquinaria del después, sales por la puerta y con una sonrisa mediada reapareces con dos cafés. El tuyo con doble de azúcar, me dices. Así que era esa la palabra mágica; un café con doble de azúcar, una sonrisa y una pupila. Consigues atar mis ganas de huir a la cara interna de tus muñecas con la misma naturalidad con la que antes me habías besado, como si fuera el paso lógico tras los crucigramas no resueltos. Y quiero decirte que te quedes pero no estoy segura de que quiera que te quedes. Vuelvo a pensar la realidad y nos veo tomando un café sobre la cama deshecha. Y me entra la risa, que termina por desbordar esparciéndose entre las sábanas, haciéndonos cosquillas en las yemas de los dedos.

No te vayas. Todavía.

Café recién molido

25/08/2009


Me diste miedo. Y lo dijimos a la vez sin mirarnos siquiera. Dejando caer las palabras hasta los bordes de la mesa, para que escaparan, para que no se notasen. Y ya daba igual todas las calles recorridas, los argumentos y las miradas de reojo, no importaba el aliento de café recién molido, quien esperara en casa o el sillón que se hundía en aquél bar que encontramos de casualidad.

Nunca se me dio bien aguantar las miradas. Y esa es mi excusa, estúpida y escabrosa. Hubo veces en que salí a dejarme los nudillos pero ahora me acomodé jugando a cartas marcadas. Y aunque siempre pierdo era una salida digna. Pero de repente apareces tú y sonríes. Y hablas y sonríes. Nada más. El camino que ya no sé dibujar es aquél que tú ya te sabes de memoria, se te nota desde la primera sonrisa.

No lo esperabas. Y esa es tu excusa. Aunque sabes que mientes a pesar de contener ciertas verdades. El camino que conoces de memoria se te antoja manido y descubres que no quieres tomar atajos. Hubo veces en que salías a pasear sin rumbo, sin intención pero ahora las noches se hacen demasiado largas. Y a veces duelen. Así que sonríes y me miras desde detrás, donde yo escondo a ratos las lágrimas y donde tú sabes, con miedo, que esas lágrimas verdes romperían cada uno de los pasos. Los tuyos y los míos.

Nos dimos miedo. ¿Y ahora qué?

La vie en gris

04/08/2009

Últimamente vivo tanto en gris que siempre cruzo mal en los semáforos…

Te echo tanto de menos que ya no puedo mirarte las veces en que estás y no te veo. Tengo la piel anidada de silencios, de lágrimas maquilladas y de sonrisas de propaganda que reparto como si estuviese a la puerta del metro. Si te paras a mirar, descubres que no es verdad, que es sólo publicidad engañosa de un presente que se desdibuja un poco más cada noche, cuando lloro a escondidas y tú ya no me oyes.

Te echo tanto de menos que evito las calles en las que fuimos por no pararme a hacer cuentas de la vieja. Por no escuchar el silencio que me martillea constantemente, las palabras que por no oírlas se me pudren en las manos. Las frases que por oírlas demasiado no pintan las tardes de domingo de otro color más vivo. Donde recuerdo que hubo un día en el que sí creía que me querías y que el amor no tenía escala de grises, cuando el cariño lo guardábamos para los desconocidos. Al final, como siempre, termino creando el limo corrosivo que atesoro cuando persigo tu rastro en la pantalla, el único sitio donde aún estás, donde aún puedo seguirte. Donde sé que puedes enviarme señales de humo y no lo haces. Y duele, pero no como antes. Y da miedo, precisamente por eso. Porque he perdido el rastro de tus palabras, aquí o en la puerta del frigorífico, ya no soy capaz de encontrar las migas de pan que, incluso a destiempo, siempre nos unieron.

Te echo tanto de menos. Y lo peor es que sé que lo sabes.

Tiempos impersonales

25/07/2009

Un día dejé de escribir de amor y de inmiscuirme en el plano de la piel que sólo reacciona ante un aliento ajeno. Lo hice sin pensar, como aprender a montar en bicicleta o a apartar la mirada a los 2,3 segundos (lo reconozco, he bajado la media) pero he ido descubriendo poco a poco, que me concentré en los pasos y dejé las palabras para cuando ya no me supiesen siempre a lo mismo.

Supongo que estaba bien, que a veces necesitamos abrir los brazos y dejar que el viento se cuele, airee la ropa blanca de las sábanas desechas, de las madrugadas anegadas, de los susurros que no dicen lo que callan. Del fracaso. También puede ser que ya no sepa escribir de amor, que todo se encuentre dicho y, como con tantas otras cosas, descubra que el camino no se hace al andar porque aparece señalado con obscenos fluorescentes. Y entonces prefiera mirarte un par de segundos, en silencio, mientras hablas del viento que arrastra la arena hasta nuestros pies. Como una alfombra de restos de verano. Y no sepa escribirlo, pero aún pueda sentirlo.

Últimamente me cuesta conjugar las letras más de la cuenta. Aunque aún pueda sentirlas.

Café en las manos

10/06/2009

Sentada. Mirando por el balcón. Con una café en las manos.

Las pupilas se pierden más allá de las azoteas, zigzagueando entre ventanas abiertas, persianas que se esconden a la luz de una mañana polvorienta. Los primeros días de junio siempre se me inyectan en las venas con más melancolía de la cuenta así que, si no me lo cuido, acabo por tener el corazón infectado de herrumbre y todo adquiere el sabor metálico de las madrugadas desveladas.

La neblina se adormece entre los barrotes de la ventana, desperezándose de los días pasados. Y siempre acabo mirando atrás. Comparando. Analizando. Evaluando. Entristeciéndome. Recordando ese minuto exacto en el que hubiera dibujado el futuro con tiralíneas antes de que me temblara el pulso, las ganas y las piernas. Cuando todo era negro o de mil colores. Tú me dijiste que caminamos siempre creyendo que lo que dejamos atrás es insuperable y así no hay quien no tropiece y deje pasar la piedra más adecuada para este recodo del paseo. Como siempre, puede que tuvieras razón y de tanto pesar lo recorrido, he olvidado tomarle la medida a lo que me espera más allá. Delante de mis ojos. Quizás retomar esa línea desdibujada para enroscármela en los tobillos, los pies descalzos y la cabeza alta.

Sentada. Mirando por el balcón. Con una café acabado en las manos. Sonriendo.

 
   

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