Comenzaste
a vestirte, con gesto casi descuidado, la ropa interior, una de tus
eternas camisetas negras, los vaqueros. Yo había hecho lo mismo,
semanas antes, en una huida que sé deletrear de memoria. Tú
entonces me preguntaste si no iba a quedarme. Y yo, como siempre,
impuse mi terreno seguro; la riada de tiempo, gestos medidos y
palabras adecuadas no permite trazar puentes. Entonces me pareció el
vals perfecto. Tú ansiabas borrar fronteras tan poco como yo. Yo no
creía en el amor, ningún tipo de amor y tú renegabas de todas las
primeras personas del plural. Era limpio. Era seguro y aún desde la
distancia podía contemplar sin necesidad de agudizar la vista,
decenas de redes a mi servicio. Hacía tiempo ya que desaprendí los
pasos en falso.
El
problema, el pago, el aviso, mi torpeza es mi propia ausencia. Y
allí, mientras te vestías, y no era capaz de ofrecer las mismas
palabras, quédate si quieres, me di cuenta de que era tarde para mí.
Supe que los retornos nunca se hacen con las manos vacías.
Supe
entonces que la impermeabilidad siempre cobra su peaje; cuando estás
tan vacía que cualquier retorno de hace inviable.
Le
miró, viéndole completo por primera vez. Apartando aquél enorme
telón que él había erigido entre todo lo que era y todo lo que
aparentaba, lo que escondía. Ella lo había sabido desde el
principio o quizás un poco después. Sí, fue un poco después, la
noche de su primer beso, antes de doblar la esquina. Cuando descubrió
aquél gesto casi invisible, un movimiento leve, como si agitase el
terciopelo granate de su escondite y se ocultase con él,
disfrazándose un poco.
Más
tarde descubrió que vivía siempre disfrazado, que rara vez cruzaba
la linea. Si acaso asomaba por aquí un brazo, por allá un pie pero
jamás pudo ver con sus propios ojos más allá de una desnudez
física con la que también se cubría. Ella intuía qué había más
allá, silabeaba palabras que, sibilinas, devolvían más que lo que
disparaban. Observaba. Recordaba. Así llegó a aprenderse los
ribetes de todas sus figuras, las que se dibujaban a contraluz,
acariciando el terciopelo de sus límites. Le miraba y sabía cuanto
podía ver de la realidad. No intentaba buscar el mecanismo que
deshiciese el telón y así encontró el laberinto que le hacía
sacar determinadas partes de sí mismo, ocultando otras según el
momento. Quizás solo llegó a comprenderlo.
Aquél
día ella lo vio todo. No tuvo ni que apartar el telón, conocía ya,
milímetro a milímetro, lo que había detrás. Lo había sabido
desde el principio o quizás un poco después. Sí, fue un poco
después, una noche entre andamios, cuando le dijo que no podría
vivir entre dos mundos y ella supo que era su única espectadora.
-
No puedo salvarte.
Pero
ya no quedaba nadie a este lado del escenario.
Mi
abuela favorita me dijo un día que todo el que puede te defrauda
alguna vez. Me pasó la mano por el pelo ensortijado y me explicó
que lo importante no es el hecho de que te decepcionen sino la
manera, el empeño en reparar el agravio y, sobre todo, la forma en
que esa mácula se acoda, más o menos, en tus pupilas, cambiando las
cosas.
Mi
abuela favorita cumplió lo dicho. Se olvidó de mí cuando el
alzheimer decidió hacer recuento, uno a uno, de todos sus recuerdos.
Y no solo eso; se marchó la primera, obligándome a llorarla lejos
de casa, donde jugábamos a la escoba y me acunaba siempre con esas
manos que olían a leche y azúcar. Antes de irse, matizó la
enseñanza esperando a que estuviese lista para atesorarla. Cuando lo
necesitas -me dijo- siempre hay alguien que no esperas que estará a
tu lado. Será una grata sorpresa que contará también con una
sombra porque alguien no responderá y su ausencia magullará tanto
la garganta que ese vacío terminará por ser más importante que
todas las presencias.
Mi abuela favorita siempre terminaba por tener razón y yo heredé esa manía de ella.
Así que lo supe desde el principio. Aunque a veces tentase a mi
propia experiencia jugando a creer que las cosas no iban a ser como
han acabado siendo. Aunque a veces te creyese a ti. Demostraste que
los refranes se cumplen, que mi abuela jamás se equivocó y que yo
tampoco lo hice. Demostraste que ya no queda quien pueda sorprenderme
con un paso a traspié que me arranque una sonrisa; que las palabras
no valen nada. Tú solo cumpliste letra a letra lo que se esperaba de
ti.
“Yo
al bucle de tu olvido, tú al redil de mis instintos”
“Eres
demasiado lista para equivocarte”. Y me aguantas la mirada con esa
paciencia densa, infinita, que acelera los calendarios y recuerda que
tú y yo nunca tuvimos un tiempo determinado. Yo sabía, no me
equivoqué, que volveríamos, de nuevo, a esbozar mañanas en un
material que nunca alcanzaría tal fecha. Tú volvías, otra vez, y
me dejabas un puñado de verdades que yo no aceptaría hasta degustar
su veneno por mí misma.
Hace
ya mucho de aquél día, de la última vez que te entretuviste
contándome los lunares, que volvimos a cometer errores antiguos, de
la última vez que besé a la primera persona que quise y me quiso.
Hoy has vuelto a repetirme esas mismas cinco palabras con las que
consigues abrirme en canal y hurgar directamente en la base de este
reloj de arena. Hoy has vuelto para recordarme las únicas tres certezas que se han mantenido desde aquél noviembre febril de mi
mayoría de edad. Que siempre me querrías (quizás haya conseguido
creerte), que siempre estaría sola y que era demasiado lista para
equivocarme. Has vuelto para recordarme nuestra batalla, la que nunca
peleamos juntos pero la que siempre nos venció por separado; da
igual como lo hagas, da igual que midas las palabras, los pasos, da
igual que te dejes la piel, las ganas y que cartografíes el
escenario perfecto para que nadie salga herido. No importa, nunca lo
hace.
Has
vuelto para recordarme el porqué. Todos los porqués. Porque los
silencios, porque las noches, porque ciertas caricias que nunca
llegan a nacer, porque el hielo, los anclajes y las ganas, porque hay
nuncas, cajas y límites, porque muerdo los labios y porque los
cierro pero sobre todo porque duele. Porque nunca me oirán decir
adiós. Porque siempre estaré sola. Has vuelto y me has recordado
que nunca seré como él, ni como ella, ni tan cobarde ni tan
mezquina. Has vuelto para recordarme que cumpliste tu promesa y has
pedido que yo haga lo mismo con la mía.
Odio las habitaciones vacías, las que fueron mías, en las
que crecí un poco. No puedo evitar concentrarme en las paredes, ahora blancas,
diluyéndose como leche mal fermentada sobre los zócalos mudos, conteniendo el
aliento, ahogando el silencio del que tanto tiene que callar. Paseo por las esquinas, oscuras, con la tenue
iluminación del abismo columpiándose en un ayer que nunca llegó a ser, que
jamás supo traer la luz oportuna, la necesaria. Las bombillas desnudas nunca
llegaron a lamer los rincones más allá de la capa superficial de polvo, donde
todo terminaba por pudrirse mientras yo me dedicaba al estúpido oficio de
amaestrar los espejos. Ahora, ante esta habitación, mi habitación vacía vuelvo a tener constancia del
eco interior. Los latidos reverberan en una cavidad en la que se confunde el
relevo del verano con el arranque del invierno. Los sonidos se mezclan, se
agarran a las paredes e intentan abullonarse para vestir de largo las
telarañas. Y como siempre, cuando el silencio aparece, ya no queda nada. Y vuelvo a pensar, aquí donde se cimenta el vacío, que la confianza es un sistema de vasos
comunicantes y cuanto más crees en ti, menos crees en los demás. Así que ahora
que nada espero más allá del ras de suelo me encuentro con que a mi alrededor
el desierto engulle los segunderos y el aire se convierte en mercurio, denso y
brillante, y solo quedo yo. Y por primera vez en años, no siento miedo.
Sonando: "Las noches de insomnio" de Niños mutantes.
"No, no
quiero que me necesites". Tú frunces el ceño como si esas 6 palabras
fueran un ataque directo a tu línea de flotación y quisiera hendirte la sal en
todas las llagas. Estudias mi gesto y veo como se dibuja en tus pupilas la
incertidumbre de la verdad revelada. Lo sabes pero no quieres saberlo. Y
vuelves a desviar la mirada ante el desconocimiento de qué hacer con todas las
canciones de amor, las películas de sobremesa o los poemas más versados. No quiero que
me necesites ni que me jures que no podrías vivir ni un instante más sin mí. No
quiero ataduras más allá de la inmovilidad traviesa entre las sábanas ni que me
repitas cada día, como un mantra, que me quieres hasta que la costumbre devore
las palabras y las deje agonizar en la cuneta. Sabes que yo solo pronuncio esas
8 letras cuando me explotan en los carrillos y se me derraman por la comisura
de los labios. Sabes que reniego de lugares comunes, del diminutivo imperfecto,
de pertenencias. Y aunque creo que sería capaz de acostumbrarme a amanecer con
tu olor en mi piel y enzarzada entre tus brazos, habrá noches en que no sepa
construirme en plurales. Habrá noche que ni siquiera crea en ellos.
Por eso
prefiero, simplemente, que elijas venir conmigo en esta noche obtusa. Que me
beses sin traer las alforjas rebosantes de palabras que, aunque lo intenten,
siempre demuestran menos que ese gesto que tratas de ocultar. Cuantas más
letras, más fácil es que alguna no sea cierta. Así que solo cierra los
ojos y ven. Tú, solo tú. Y yo, solo yo. Porque hoy solo quiero estar un rato más contigo.
Sonando: “Contigo”
de Joaquín Sabina y “Seguramente me lo merezco” de Tulsa
Tengo los ojos verdes pero no soporto la esperanza, dicen que soy buena persona pero me gusta pensar que es sólo una tapadera que espera el momento adecuado para saltar. Como un geiser. Tengo 27 lunares en la espalda y odio mis pies. Algunas veces me muerdo las uñas y soy terriblemente friolera, tanto que a veces me paso días enteros tiritando. Colecciono momentos y no sería nada sin mis amigos. Me da miedo la oscuridad y adoro la soledad buscada. Me cuento cuentos cada mañana para intentar levantarme de la cama con una sonrisa, algunas veces da resultado...