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¿Y a ti aún te cuentan cuentos?

 

Café en las manos

10-jun-2009

Sentada. Mirando por el balcón. Con una café en las manos.

Las pupilas se pierden más allá de las azoteas, zigzagueando entre ventanas abiertas, persianas que se esconden a la luz de una mañana polvorienta. Los primeros días de junio siempre se me inyectan en las venas con más melancolía de la cuenta así que, si no me lo cuido, acabo por tener el corazón infectado de herrumbre y todo adquiere el sabor metálico de las madrugadas desveladas.

La neblina se adormece entre los barrotes de la ventana, desperezándose de los días pasados. Y siempre acabo mirando atrás. Comparando. Analizando. Evaluando. Entristeciéndome. Recordando ese minuto exacto en el que hubiera dibujado el futuro con tiralíneas antes de que me temblara el pulso, las ganas y las piernas. Cuando todo era negro o de mil colores. Tú me dijiste que caminamos siempre creyendo que lo que dejamos atrás es insuperable y así no hay quien no tropiece y deje pasar la piedra más adecuada para este recodo del paseo. Como siempre, puede que tuvieras razón y de tanto pesar lo recorrido, he olvidado tomarle la medida a lo que me espera más allá. Delante de mis ojos. Quizás retomar esa línea desdibujada para enroscármela en los tobillos, los pies descalzos y la cabeza alta.

Sentada. Mirando por el balcón. Con una café acabado en las manos. Sonriendo.

Seguimos siendo los mismos

17-may-2009

Con la que está cayendo ahí fuera y yo sólo oigo truenos aquí dentro.

Seguimos siendo los mismos a pesar de las rejas que amordazan cualquier rastro. Aunque, por prudencia, hayamos decidido congeniar más allá de lo sano con el hielo de no traslucir sentimientos, en el fondo, aunque hayamos cambiado, seguimos siendo los mismos. Así que tú vuelves a reconocerte y a reconocerme, obviando el paso arrastrado del tiempo y puedo notar, calcado al mío, el cúmulo de escombros derrumbándose paralelos a la médula. Y cuando los relojes enloquecen, mis pasos ya no saben avanzar, se contraen y sólo dan círculos concéntricos con una cadencia que no elijo, que no conozco, que me adormece el futuro. Sigo siendo yo y tú seguirás siendo tú, en blanco y en negro, provocando una hondonada peligrosa en las palmas de las manos donde podía aplicarse cualquier olvido menos el que más nos merecíamos.

Seguimos siendo los mismos y da igual que cambiemos los cristales machacándolos con minutos ya pasados. Para lo bueno y para lo malo, nada cambia a este lado del horizonte y aunque representemos el mismo acto una y otra vez, entretejiendo los papeles en una trenza de palabras y silencios, los finales nunca cambian pese a que las productoras quieran teñirlos de alternativos. Porque son finales. Y con ellos, tú y yo seguimos siendo los mismos.

B-a-s-t-a

05-abr-2009

Un día dijo BASTA YA. Así en mayúscula, intentando que cada letra le recorriera el torrente sanguíneo aunque se le atascase en las intersecciones, en cada órgano vital agazapado. Se acabó. Se acabó y se decidió a vomitar en cada verso cada mínima katiuska de amargura que le acampaba ilegalmente en la boca del estómago, puede que no fuese justo, puede incluso que no estuviese bien pero tenía los nudillos llenos de gestos adecuados.

Así que se dedicó a cerrar todas las comunicaciones neuronales que siempre la obligaban a perder el partido en casa. Se miró en el reflejo que le proporcionaban sus propias manos y decidió que había llegado el momento de cortar todos aquellos árboles que en su cabeza sólo servían para darle sombra. Ella, que siempre funcionaba con energía solar y con espejos deformados por sus ojos miopes, se había cansado de sí misma, de sus excusas estúpidas y de su poca fe. De la seguridad absoluta de su fracaso anticipado en un concurso con muy diferentes medidas. Es la consecuencia exacta de mirar de rodillas, todo(s) te parecen demasiado grandes. Se agotó de pensar en las plumas, los espejos, los años y las medallas. Se hastió de las gráficas en su cabeza, carentes de raciocinio, cuando todos los caminos siempre la dejaban demasiado lejos de la capital del mundo, de cualquier capital de cualquier mundo, en el territorio inhóspito creado de su propio vacío.

Hace tiempo ya que se le acabaron las metáforas ingeniosas, las frases eternas circunvalando una sola idea. Quizás sea el paso de los años, las heridas y los telediarios. La distancia. Hasta se le acabó el jugar con la tercera persona del plural. Y dije basta.

Entonces

01-abr-2009

Me gustaba cuando me leías por encima del hombro y no tenía que contarte las cosas dejandote papelitos amarillos en los nudillos. Para que los notases al llamar a la puerta y no te olvidases de comprar el pan ni siquiera los domingos. Y me gustaba sentarme al borde de la cama y ponerme de puntillas en el mundo, sin perder el equilibrio hasta que cerraba los ojos e imaginaba una circunvalación atestada, entonces siempre caía hacia el mismo lado y a veces lloraba bajito. Entonces era cuando las ventanas encajaban y el viento no roía las persianas. Y siempre nos sobraba el papel sobre la mesa.

Y parece que aún fue ayer

15-mar-2009

Es como dibujar una línea de tiza en el suelo. Seguirla con la mirada, recorrerla en toda su extensión, paladeando cada milímetro del recorrido, deteniéndote en los giros argumentales que nunca debieron dar para tanto. Es la línea que tienes dibujada en la palma de la mano y que dejas impresa en todo lo que tocas, lo que acaricias, lo que destrozas. Ahora mirándola de nuevo, en los años de luces y sombras, descubres tantos traspiés que sólo cabe correr para que no vuelvan a alcanzarte. Para poder estar lejos cuando vuelvas a cometerlos.

Reconoces en los quiebros, retazos de piel que murió en caminos apenas recorridos, en los puntos de inflexión que encarrilaron los vagones hasta esta estación de mercancías agotadas. Vas bailando con ellos en tu memoria, de algunos sólo recuerdas los lugares, los instantes precisos, los sabores, otros sin embargo tienen su fecha correcta almacenada en el almanaque de los “¿y qué hubiese pasado si…?”. Y sabes que da igual, que hoy podría ser peor o mejor, no te importa el viraje que podría haber tomado todo, lo que verdaderamente se te inocula en el lagrimal es la duda, estúpida, irracional y consentida, el no saber a ciencia cierta si hoy, con los años de luces y sombras aún calentándote la nuca, repetirías los mismos quiebros absurdos que emborronan de tiza las yemas de tus dedos.

Acompaña: "Y parece que aún fue ayer" de Los Suaves

Mi maleta verde

18-feb-2009

Echo de menos las maletas. Añoro mi maleta verde, con sus pegatinas gastadas del aeropuerto de París, de aquél viaje en el que empecé a conocer Europa. Cuando siempre estaba a los pies de la cama, como perro fiel que vigila el sueño tranquilo de su dueña. Cuando la arrastraba, siempre tarde, corriendo por todas las ciudades que me han hecho ser quien soy, para lo bueno y lo malo, en un contrato implícito, sin vestido blanco (a estas alturas, no debería), sin anillo en el dedo y sin ramo al aire pero infinitamente perdurable más allá de todos los idiomas.

Antes conseguía embutir lo necesario en mi maleta verde en un tiempo digno de envidia. 4 minutos y 36 segundos para una huída corta, algo más si amenazaba galerna y algo menos si salía el sol de continuo, aguantando la respiración. Si necesitaba más días, el ritual podía ascender a 6 minutos y 47 segundos pero nunca pasé la barrera psicológica de los 10 minutos, ni siquiera cuando me fui para no volver. O al menos para no volver mientras siguiese siendo la que era. Ahora, deshojo el minutero y dudo entre aquella camiseta azul con la que te besé una tarde de domingo o aquél jersey rojo que tan bien quedaba sobre las baldosas el sábado impar que no conseguimos salir a la calle. Ahora, mi maleta verde palidece en el altillo y se me enraíza la (verde) envidia cuando me cruzo otras maletas, en otras manos, las mañanas que todos ríen y yo trabajo.

Antes huía con mi maleta verde más allá de todo porque siempre quería volver. Ahora me mantengo estática sin ella porque sólo quiero huir.

Aquella chica

05-ene-2009

Nunca serás aquella chica. Lo dijiste cruzando los dedos como cuando no querías decir la verdad y te salía atropelladamente, explotando en los carrillos. Nunca llegué a saber demasiado bien si aquello era algo bueno, si debía sonreír y besarte lentamente, atesorando los instantes, o si debía por el contrario tensar las mandíbulas y encogerme de hombros como quien recibe un golpe atroz en la comisura de los labios.

Lo peor de todo es que sabía que tenías razón y tus palabras sólo eran el último escalón estable de un camino atestado de mentiras a mí misma, de ojos entrecerrados para tropezar sólo en determinados momentos. Nunca seré aquella chica y aún no sé como tomármelo. Y es extraño porque estoy segura de que si fuera ella, me miraría a través de los ventanales y querría ser yo.



 
   

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